El Periodista Invitado
Dos ciudades
Por Aldo Marinozzi
25/06/07
Una es la sede administrativa del Estado y la otra el principal centro económico y poblacional.
Una parece ver a la otra como la capital burocrática; “chata”, pero capaz de accionar los resortes para quedarse con todos los recursos y ni siquiera usarlos inteligentemente. Incluso hasta causarse daño a sí misma por no entender que una burocracia ineficiente, que hace las obras sin control alguno; aunque invierta en su propio territorio, si lo hace mal, termina siendo nociva.
La otra ve a su vecina como arrogante y con sueños de república autónoma, capaz de jugar a autoabastecerse y asumir de su bolsillo los costos que ella no tiene más remedio que procurarse desbalanceando el presupuesto de todos. Teme que si al poderío económico, su contraparte le suma potestades políticas, ya nada podrá equilibrar la balanza.
Coinciden, eso sí, en ese discurso Norte-Sur que refleja tanta desconfianza mutua y tanta incapacidad de comprenderse y articularse.
Por eso vale buscar desde una edición que se publica en Rosario la respuesta a la pregunta acerca de qué votaron los inundados de Santa Fe. Puede parecer incómoda o políticamente incorrecta, pero sin duda es una pregunta que muchos rosarinos se repitieron por estos días.
En el medio de todo falta una estrategia que las articule. La distancia que las separa parece agrandarse en la medida que se comprueba la imposibilidad de pensar juntas una provincia que aún permanece sin consensuar.
Nadie ha podido dar ese salto y ponerlas en sintonía en casi 24 años de vida democrática. Ni en Santa Fe ni en Rosario parece surgir un idioma político común. Y de esta incapacidad para superar recelos y encontrar lineamientos conjuntos surge un esquema político en el que los territorios parecen irreductibles y a la vez incomunicados.
Santa Fe ve en Rosario una amenaza para sus “derechos adquiridos” y el potencial de de Rosario es percibido como tan grande que genera desconfianza también en el resto del territorio provincial, al punto que las otras ciudades parecen convencidas de que sólo aliadas al poder político santafesino pueden contrapesarlo.
Rosario a su vez se percibe como la que pone y no recibe, la que para crecer apela a sí misma y a la mística de ciudad sin fundador, que no tiene más remedio que vérselas sola con su propio destino, pese a que “la provincia” le juega en contra.
La paradoja es que juntas, ambas ciudades reproducen en cada disputa más de lo mismo: un esquema bipolar en el que nadie puede terminar de convalidar un proyecto conjunto y sólo queda la lógica de someter al otro a las reglas propias de un reparto de poder con un núcleo hegemónico. Con un territorio que gana y otro que pierde, mientras sueña con que le llegue el turno al tiempo que trata de contener los avances del bando rival.
Se es del Norte o del Sur. Y por lo menos hay que sacar el empate a la hora de los cargos, sin importar dónde hagan falta o si se duplican esfuerzos y gastos. Así en Salud como en Educación; en la Justicia o en las fuerzas de seguridad. Y esto se reproduce hasta alcanzar su punto más dramático en las tragedias carcelarias.
Pero resta preguntarse todavía lo más difícil de responder. Cómo elaborar de conjunto un formato político que puede reflejar realidades socioeconómicas tan diferentes. O mejor, y dicho de otro modo: ¿Acaso la ausencia de un formato político común no podrá deberse al hecho de que en la provincia conviven casi tantos factores socioeconómicos y culturales que dispersan como los que hay en común?
Algo así como decir que hay zonas que son las que se inundan cuando en otros lugares llueve. Y eso sí que trasciende la clásica formulación de Norte-Sur, o Rosario vs. Santa Fe, a la manera del relato de un clásico que a esta altura se muestra como un discurso simplista y altamente ineficaz para reflejar una realidad mucho más compleja.
